
La exaltación de Lupe Mouthón: un grito desesperado a que se multipliquen los buenos reporteros
Su familia nunca necesitó un galardón o un reconocimiento para saber el profesionalismo con el que Lupe Mouthón Mejía ejerció el oficio del periodismo, desde los albores de los años 90, cuando empezó a entender la esencia de lo que estaría destinada a hacer el resto de sus días, en la redacción del diario barranquillero La Libertad.
Sin embargo, desde que empezó a cosechar reconocimientos uno tras otro en sus últimos años en los que ofició como editora de economía del periódico El Heraldo, entendimos que más allá de lo que nosotros pudiéramos saber con certeza lo que significaba la excelencia en el periodismo que ella personificaba, había mucha más gente que no solo lo conocía, sino que también lo valoraba.
El trabajo de Lupe Mouthón fue exaltado en vida por numerosas organizaciones, en plena era de las redes sociales, de las fakes news, en medio de todo este embolate de información en el que hemos vivido los últimos tiempos, cuando se nos abre ante nuestros ojos cada día una tormenta de comunicaciones bombardeándonos por los cinco sentidos, usándonos, haciendo de la noticia un elemento maleable y fútil, alejada de los cánones propios de su esencia.

No solo fueron los premios obtenidos por la excelencia a su trabajo, sino el lugar que ella se ganó estando en el ojo de esta tormenta. Hace poco la Cámara Colombiana de la Construcción le rindió un emotivo homenaje póstumo a su memoria, otorgándole el Premio a una Vida.
Un título más que merecido que va más allá del evento en el que los empresarios de la cadena de la construcción del país por varios minutos aplaudieron la memoria de una periodista que, desde su cubículo sencillo, marcó las pautas del ejercicio honesto de una profesión tan infravalorada en momentos en que surgen las vedettes de los likes y los seguidores, rezagando a ese personaje que hace la tarea con el rigor y el método que cada noticia exige y el respeto hacia una audiencia que (oh sorpresa), sí es capaz de valorar ese esfuerzo.
Los méritos humanos de Lupe fueron el gran motor de su ejercicio profesional. Porque no hay mayor virtud de un ser humano que lograr el éxito en su vida, no solo por lo que hace, sino por lo que es. Ella lo tuvo en ambas dimensiones.
Premios en medio de la catarata de las redes sociales
A pesar de haber ejercido con la misma rigurosidad y empeño su profesión por tantos años, es curioso que los premios le hayan llegado en su última etapa, cuando todos dicen que el periodista es un personaje de museo, que los medios tradicionales sucumbirán pálidos ante el brillo de las redes sociales y la inteligencia artificial y que la pauta la marcan los números de las cuentas bancarias.
Es por eso que pienso que los reconocimientos a las buenas prácticas periodísticas no son simples trofeos o diplomas que se entregan en lujosas ceremonias, sino que son un llamado a los periodistas jóvenes a valorar su profesión, a seguir dando la lucha desde sus cubículos de reporteros, a no perder de vista nunca el norte del buen periodismo, con la construcción de una información veraz, contrastada y bien transmitida, sin sesgos ni tentadores apuntes personales movidos por las emociones.
Lupe trabajaba con el afán del cierre diario, con la página en blanco apuntándole a la mirada cada mañana y sin embargo, su compromiso logró el reconocimiento por encima de robustas redacciones de medios especializados, quizás con mejores herramientas, distintas exigencias y tiempos más flexibles.
Eso, por supuesto, no la hace ni mejor ni peor que el resto de colegas que cada día trabajan haciendo su mayor esfuerzo por ser honestos con su profesión. Simplemente la hace ser lo que fue a mucho honor hasta el último de sus días: una reportera auténtica.
Por Ronald Rangel
Barranquilla, octubre 22 de 2023

